SEBASTIAN  BORLA

Dedicado a mi madre, Rosalba


Sebastián Borla, o la toponimia inteligente de la mujer
Una topología del imaginario ´real´

Una tela puede exhibir al tiempo que ser oferente: SB lo hace con cuerpos y siluetas marcados por cintas que los rodean, extendiéndose en haces; magma femenino con apariencia de fragilidad, los ojos entrecerrados, la mirada absorta, escondiendo lo eterno que el tiempo ha depositado en la mujer, al tiempo que, provocativamente, entrecierra sus párpados en actitud de éxtasis, o actitud orante. El trabajo en espejo de las figuras detenta la complejidad del ojo surrealista, que reaparece entre esferas cajas en escenas de naufragios existenciales, que, superando la prueba del Caos, funde horizontes con una libertad y oficio que exhiben cuanto acadecimismo Borla pone en fuga.
Mediante la multiplicación de los miembros inferiores, (ese elemento motor que a veces prosigue su trayectoria y luego - en las telas - continúa escondido), y rodeado por pseudos cortinados donde el movimiento se torna casi circular, la trayectoria visual torna a su origen y luego reaparece, fugitiva. La incorporación de lo arquitectónico se da en planos fugados, fracturas que sirven de guía o sostén a sus desnudos, a veces precipitándose inesperadamente en agujeros que se abren en el piso, ya sea tirando una línea, o creando un plano que fuga hasta el borde y se desliza hacia otros horizontes.
El artista plantea varios escenarios en el mismo lugar, una suerte de física contemporánea, cuya topología es incluyente del proceso de variación, o escorzo, (ya desarrollado por Husserl, y que tiene sus fuertes conexiones ópticas): el pintor se vale de ellos pero no los ubica en primer plano, logrando así atmósferas que transforman a sus cuerpos reales en imaginarios, dejos de irrealidad que sin embargo rebotan sobre la escena y la pintura, matizándolos con inusitada riqueza.
Borla trabaja con delectación amorosa sus cuadros, pincelada sobre pincelada, escogiendo sus mujeres ondinas - sibilas - musas, siempre insinuantes, mostrando sólo en ocasiones púdicamente su sexo. Las figuras se alzan sobre un piso presuntamente estático, donde el juego visual de planos impone una relectura de la composición, dado que el artista escamotea deliberada, inteligentemente, su encuadre. Por ello mismo, las estudiadas distorsiones no deforman la belleza del cuerpo femenino, sino que sus escandidos son correlatos del desplazamiento con que la mirada somete al modelo a originales planteos espaciales y visuales, realzándolo. Por ello, no es profético augurar a este pintor ya asentado, un futuro aún mas creciente.

Osvaldo Mastromauro
Asociación Argentina e Internacional de Críticos de Arte